martes , 21 abril 2026
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La cosmovisión maya: una forma poética de entender el universo

El mundo poético de los mayas
Imagen creativa de Tábatha Tellez

 

La civilización maya es una de las culturas que ha dejado un sobresaliente legado en múltiples áreas del conocimiento, se trata de una sociedad avanzada que desarrolló la escritura jeroglífica, las matemáticas, y el cálculo astronómico del tiempo. En cuanto a arquitectura, levantaron complejos como Tikal, Palenque y Chichén Itzá. Los mayas se encontraban asentados en un territorio vasto, desde el sureste de México, pasando por Guatemala, Belice, y llegando a la parte occidental de Honduras y El Salvador.

 

Cichén Itzá a finales de la década de 1870

 

Los asentamientos mayas de todo ese territorio estaban organizados en ciudades-estado que en ocasiones llegaban a competir entre sí, pero, a pesar de no ser un imperio unificado, su raigambre se hacía fuerte en la religión politeísta, centrada en la naturaleza y los rituales que eran eje de su andar.

 

Principios fundamentales de la cosmovisión Maya

 

Juego de pelota maya, deporte y ritual sagrado

 

Con una visión holística y sagrada del universo, donde todos los elementos de la naturaleza están vinculados y vivos además de poseer un espíritu protector, la cosmovisión maya podría analizarse desde diversos matices, pero existen ciertos principios fundamentales para entenderla:

El universo sagrado e interconectado: Los mayas decían Kaj-Ulew para referirse a la totalidad del universo -Kaj significa cielo, Ulew significa tierra- por eso, dentro de esta cosmovisión se contemplaba también Ruk’ux Kaj y Ruk’ux Ulew corazón o espíritu del cielo y la tierra, respectivamente. Es decir, todo lo que existe en cielo y en la tierra -la totalidad del universo- posee espíritu y energías protectoras, y dentro de este universo vivo y ordenado, la naturaleza es un “hermano mayor” y el ser humano un “hermano menor” responsable de mantener la armonía.

Estructura del Cosmos: El universo se concibe en tres planos: el cielo, la morada de los dioses con 13 niveles; la tierra, espacio de los vivos; y el Xibalbá o inframundo, conformado por 9 niveles; estos planos están conectados por la ceiba, un árbol sagrado que atraviesa toda la existencia.

Cuatro Rumbos: El mundo se divide en cuatro puntos cardinales sagrados y sostenidos por los Bacab, cuatro deidades que impiden que el cielo caiga sobre la tierra, y cada punto está asociado a un color distinto y a fuerzas sagradas.

 

 

Tiempo y Dualidad: La temporalidad es cíclica y dinámica. Todo existe en relación con su opuesto: noche y día, vida y muerte, femenino y masculino.

El nawal: La conexión espiritual entre el ser humano y un elemento de la naturaleza, animal o planta, que guía su espíritu.

Manifestaciones culturales como lenguaje sagrado

A partir de estos principios, queda expuesto que las expresiones culturales mayas no eran solo actividades artísticas aisladas, sino manifestaciones directas de su manera de concebir el universo. De forma que, si el tiempo es cíclico y sagrado, había necesidad de medirlo, interpretarlo y armonizarse con él; entonces desarrollaron calendarios complejos que no solo organizaban la vida cotidiana, sino que guiaban ceremonias, siembras y decisiones comunitarias. El conocimiento astronómico, en este sentido, no era únicamente científico, sino profundamente espiritual: observar el cielo era también una forma de escuchar el ritmo del universo y vivir de aceurdo a ese ritmo.

 

Glifos y nombres de los Winal o meses mayas.
Glifos y nombres de los Winal o meses mayas.

 

De la misma manera, si todo lo que existe posee espíritu y está interconectado, el lenguaje no podía limitarse a lo utilitario, entonces emergió la poesía como una forma de dar voz a la relación entre el ser humano y la naturaleza. No se trataba solo de palabras bellas, sino de una manera de reconocer y honrar la vida en todas sus formas, al nombrarlas con devoción.

La danza y la música, por su parte, también encarnaban estos principios. Los instrumentos musicales no sólo generaban ritmo, tenían la función de conectar con la naturaleza e invocar a las deidades, los danzantes representaban y recreaban el orden del cosmos, a través del movimiento. Danzar era entrar en sincronía con las fuerzas que sostienen la existencia, una forma de oración en movimiento donde el cuerpo se convertía en puente entre la tierra y lo sagrado.

 

Hombre preparándose para una danza maya | Fotografía de RoDoMa66

 

Legado y vigencia: lo que la mirada maya nos enseña

La cosmovisión maya logró perdurar por estar ligada íntimamente a lo sagrado, como algo esencial que se protege y así ha sido a través de la observación de los astros para la siembra, ceremonias rituales y danzas, demostrando una resistencia cultural que sobrevivió períodos de guerra y evangelizaciones.

 

El juego de la pelota era un deporte y ritual sagrado, se jugaba usando las caderas, los codos y las rodillas para hacer entrar en los anillos de piedra una pelota de hule.
El juego de la pelota era un deporte y ritual sagrado, se jugaba usando las caderas, los codos y las rodillas para hacer entrar en los anillos de piedra una pelota de hule.

 

Desde esta visión del universo, la poesía, la música y las danzas no se limitaban a ejercicios estéticos separados, eran una forma de nombrar lo invisible y venerar lo sagrado. Para los mayas la naturaleza no era un recurso, sino un ser vivo con el que se dialoga, y la espiritualidad su manera de habitar el mundo. ¿Qué podemos aprender de esta mirada ahora? Que quizá, nuestra evidente fragmentación entre -ciencia y arte, cuerpo y espíritu, humanidad y naturaleza- no es algo inevitable sino resultado de una construcción social.

En un contexto de crisis ambiental y desconexión emocional, la visión maya nos invita a recuperar una sensibilidad integradora y respetuosa: volver a percibir el mundo no como algo que se explota o se analiza desde fuera, sino como una red viva de la que todos formamos parte. Aprender de ellos no implica idealizar el pasado, sino reconocer que existen otras formas de entender la realidad, donde vivir también puede ser un acto de equilibrio, respeto y, en el fondo, de poesía, una poesía que no se escribe, sino que se habita.

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