lunes , 8 junio 2026
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Del Calmécac a la pedagogía del oprimido: oda al docente en su día

Día del maestro en México
Maestra frente al salón. Escuela para niñas. 1950. INEHRM

 

Una de las formas más simpáticas de hacer historia, es guiarse por el calendario de las efemérides. Siguiendo este patrón, de tanto en tanto, nos vemos tentados a investigar sobre asuntos absolutamente dispares que pueden agolparse en el lapso de tan sólo una semana. En algunas ocasiones la misma fecha se convierte en un objeto de estudio: ¿Por qué celebramos una determinada conmemoración en un día arbitrariamente fijado en el almanaque? Bueno, el día del maestro, no es una excepción.

Cabe recordar que si el 15 de mayo celebramos a los docentes, es el resultado de una larga tradición sincrética en la que, como en casi toda nuestra historia moderna, se funden la religión católica y la religión del Estado. Sí, esa utopía civil denominada Estado, nació también entre nosotros con el mismo fervor evangelizador que el catolicismo y también fue enseñado. De este modo, conviene esclarecer que lo que hoy se celebra el 15 de mayo tiene su origen en el calendario litúrgico, pues aquella fecha se consagraba enteramente a San Juan Bautista de La Salle (1651-1719), patrono universal de los educadores. Quizá aprovechando la fuerza de la tradición, la celebración en la misma fecha de la labor docente, pasó a ser decreto presidencial en el gobierno de Venustiano Carranza desde 1917.

Glifo náhuatl que representa un calmécac (códice Mendoza, recto del folio 61)
Glifo náhuatl que representa un calmécac (códice Mendoza, recto del folio 61)

 

Pero a decir verdad la docencia es una actividad humana que trasciende las instituciones, la religión, y desde luego la ortogonalidad del calendario. La crianza, como actividad fundamental de nuestra especie, conlleva ciertamente un alto grado de enseñanza, como develan los primeros vestigios de nuestra vida prehistórica. Ya en el universo de los registros, en el caso mexicano, las primeras noticias que tenemos de los métodos educativos nos conducen hasta la existencia de los Calmécac. De acuerdo a Miguel León Portilla, era tanto un centro educativo para la nobleza mexica, como una verdadera institución filosófica. Desde entonces, podría decirse que la educación estuvo ligada al privilegio.

Con la llegada de los primeros frailes, la situación no cambió en demasía, pero sí se transformaron los métodos y los contenidos. De la mano de Bernardino Sahagún (ca.1499-1590) los “indígenas” aprendían las artes liberales en el Colegio de la Santa Cruz Tlatelolco, fundado en 1536; mientras que, con fray Pedro de Gante (1480-1572), los tlacuiloque pasaron a aprender las artes mecánicas en el mítico Convento de San Francisco el Grande, cuya construcción se inició en 1525. Otras órdenes religiosas trajeron sus propios sistemas de aprendizaje y los jesuitas despuntaron como los primordiales educadores del periodo colonial. Al paso del tiempo, ya a finales del siglo XVIII y principios del XIX, con el cambio de régimen y la aplicación de las reformas borbónicas, los propios españoles abolieron añejas instituciones educativas y dieron lugar a nuevas academias que vinieron a sustituir el sistema gremial. Con el advenimiento de la independencia y el triunfo liberal hacia la segunda mitad del siglo XIX, la educación en México devino pública, gratuita y laica, como se supone, la conocemos ahora.

 

Paulo Freire en Angicos. Fotografía: Revista Jacobin.
Paulo Freire en Angicos. Fotografía: Revista Jacobin.

 

Valdría preguntarse, sin embargo, si con el paso de los siglos la primigenia estructura elitista de los Calmécac realmente claudicó, o si con las transformaciones paulatinas de las instituciones, sólo se han obtenido nuevas formas de maquillar el privilegio que históricamente ha significado acceder a la educación. Lo seguro, en todo caso, es que lo único inherente y ajeno al poder en el perenne ejercicio de la enseñanza, han sido las maestras y los maestros… y desde luego sus estudiantes. El modelo cambia, la tecnología avanza, las aulas se transforman y las instituciones se amoldan, pero la vocación persiste. Sin ella no habría principio de docencia.

Por ello, antes de convertir esta breve reflexión en un incompleto trabajo histórico, deseamos destacar la labor de profesoras y profesores que, sin importar el ámbito de su enseñanza, el perfil de su institución, o el de sus alumnos, son agentes de transformación social y, ante todo, polos de democratización del conocimiento. Así, exaltamos a aquellos “profes” que fungen como motores de inspiración para construir una sociedad más justa y con menos “oprimidos”. Brindamos hoy por docentes más valientes y más amorosos, pues como dijo el recordado Paulo Freire, “la educación es un acto de amor, por tanto, un acto de valor.”

 

Dr. Carlos Felipe Suárez S.
Responsable de la Galería de Arte del CCU-BUAP
Docente de la Facultad de Artes Plásticas y Audiovisuales

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