
Zannoconyapitza ya yn oceloacaquiquiz, za onquauhtzatziticac in notemalacac, ipan tecpilli. Yahqui ya y huchuchtzin, y chimalli xochioctla уса yhuintihua ye oncan cuexteca, netotilo ya yn Atlixco.
Haz ya resonar la trompeta de los tigres, el águila está dando gritos sobre mi piedra donde se hace el combate, por encima de los señores. Ya se van los ancianos, los cuextecas están embriagados con el licor florido de los escudos, se hace el baile en Atlixco.
(Fragmento de Cantos de guerra, del libro Flor y canto, traducción de Miguel León Portilla)
Huey Atlixcáyotl: un encuentro con la diversidad cultural de Puebla
Como cada último domingo de septiembre, el cerro de San Miguel en Atlixco, Puebla, se viste de fiesta, se celebra el Huey Atlixcáyotl, cuya traducción más aceptada es “La Gran Atlixquedad” o “La Gran Fiesta de la Atlixquedad”. Este es el encuentro étnico más importante de su tipo en el centro-sur de México, solo después de la Guelaguetza oaxaqueña. No obstante, si bien el Huey Atlixcáyotl es una festividad, también se erige como un espacio donde las once regiones etnográficas del estado de Puebla se articulan. La Huasteca Poblana, el Totonacapan de la Sierra Norte, la Sierra Norte de Puebla, la Región de los Llanos, los Valles Centrales, la Región de los Volcanes, la Tierra Caliente, la Mixteca Poblana, la Región Popoloca, la Cañada Poblana y la Sierra Negra, se entrelazan a través de la música y la danza, el canto y las ceremonias y, por supuesto, la comida; todo para preservar su memoria y difundir las tradiciones que han acompañado y dado identidad a Puebla por generaciones.
Entre la cosmovisión ancestral y el sincretismo religioso
El profundo sincretismo cultural convoca dentro de estas regiones a los siete grupos etnolingüísticos originarios del estado: mixtecos, popolocas, totonacos, otomíes, mazatecos, nahuas y tepehuas. Todos los participantes se reúnen en el Netotiloyan, lugar de la danza, donde la cosmovisión y las expresiones de las comunidades trasladan esta fiesta a un sentido ritual, un punto de encuentro donde se entrelaza la devoción por la religión católica con las ceremonias ancestrales de la cosmovisión prehispánica, haciendo del festival una demostración de la resistencia cultural ante los embates de la asimilación histórica. Es así que, en 1996, el Huey Atlixcáyotl fue declarado “Patrimonio cultural del estado de Puebla”, reconociendo su valor inmensurable para la memoria colectiva. Ahora bien, es preciso recalcar que a pesar de su trasfondo histórico el origen de esta festividad es reciente.
Cayuqui y el origen de una tradición contemporánea
La celebración del Huey Atlixcáyotl data de la década de los sesenta del siglo XX gracias al impulso de Raymond Harvey Estage Noel, antropólogo estadounidense conocido por la comunidad como “Cayuqui”, quien, tras maravillarse por la inmensa diversidad cultural de México, recorrió el estado de Puebla buscando reunir a las comunidades indígenas con el objetivo de difundir antiguas tradiciones, indumentarias, música y danzas que corrían el riesgo de perderse debido al despojo y desplazamiento forzado del que fueron parte muchas comunidades relegadas por años.
El cerro de San Miguel: un escenario de memoria ancestral
La elección del espacio para este encuentro tampoco fue fortuita. Tras una primera edición realizada el 20 de diciembre de 1965 en el sitio conocido como “La Escalera Ancha”, en Atlixco, el festival encontró su hogar definitivo al año siguiente gracias al apoyo de las autoridades locales, quienes respaldaron el traslado del evento al cerro de San Miguel. Este montículo emblemático guarda una rica historia prehispánica, puesto que, desde antes de la llegada de los españoles, los pobladores reconocían la importancia de este punto como un centro comunitario que se erigía en el valle de Atlixco, como un lugar marcado por la sacralidad. Antiguamente llamado Popocatica, lugar donde se sahúma, el cerro alberga evidencias arqueológicas que sugieren su uso como centro ceremonial prehispánico, posiblemente dedicado a deidades como Quetzalcóatl. Esta majestuosa galería natural, con rocas que fungen como palcos y que tiene de fondo la inmensidad de los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl, es un espacio físico que se transforma en un territorio ritual, donde la arqueología y la memoria cuentan historias milenarias de una Puebla que aún sigue aquí y resiste el paso del tiempo; una Puebla que en sus cantos, danzas e indumentarias conserva la esencia de una tierra que sigue presente en una celebración de invaluable herencia y en la identidad de los pueblos originarios. La memoria se resiste al olvido en lo alto del cerro de San Miguel.
Samuel Benítez Toxqui
Responsable del Parque del Ajedrez
Apasionado de la filosofía y la investigación
Complejo Cultural Universitario Eventos culturales y artísticos en Puebla