
Soy más
¿Por dónde empezar? Hay un habitante del mundo que ha tenido muchas vidas, muchos viajes, experiencias, nombres y transformaciones. Ha atravesado fronteras, cambiado de lenguas, de paisajes y hasta de destino. Ha sido alimento, sustento, mercancía, símbolo, memoria; ha acompañado nacimientos, celebraciones, despedidas y guerras.
El maíz.
Decir que el maíz es un alimento sería apenas una de sus vidas. Decir que es una planta sería cierto, aunque insuficiente. Incluso decir que es parte de nuestra historia tampoco alcanza.
Porque ¿por dónde se empieza a contar la vida de alguien que se ha transformado con cada época, cada lugar y cada circunstancia, si su historia comenzó mucho antes de ser alimento?
Y para hacerlo, quisiera proponerte un pequeño viaje. No será un viaje lineal. Vamos a saltar de un tiempo a otro, de un lugar a otro; entraremos en relatos antiguos, en páginas de viajeros, en poemas, pinturas, canciones y estudios científicos. Visitaremos voces de personas que vivieron hace siglos y otras que todavía están tratando de entender qué puede llegar a ser el maíz.
Será un recorrido necesariamente breve. Pasaremos por lugares en los que podríamos detenernos durante páginas enteras, pero aquí apenas nos asomaremos a ellos.
Por eso, si alguno de los nombres, libros, obras o historias que aparecen en este camino despierta tu curiosidad, toma nota y detente. Busca ese libro. Escucha esa canción. Mira esa pintura. Sigue a ese autor. Abre esa puerta y continúa por tu cuenta.
Porque ese es el propósito de este viaje: no llegar a una definición como a un destino, sino abrir caminos. Cada uno nos mostrará un maíz distinto. Daremos una vuelta alrededor de él, cambiando de ángulo y, por lo tanto, de vida.
El maíz antes del maíz

Estamos acostumbrados a que, al escuchar la palabra “maíz”, pensemos en la tortilla.
Pero hubo quienes, mucho antes de pensarlo como alimento, lo entendieron como origen.
En el Popol Vuh, el maíz aparece antes que el propio ser humano.
Después de varios intentos fallidos de creación, los dioses encuentran finalmente la materia con la que consiguen dar forma a la humanidad: el maíz, materia sagrada con la que los dioses crean con éxito al ser humano.
El relato lo expresa de una manera mítica y legendaria:
“De maíz amarillo y de maíz blanco se hizo su carne; de masa de maíz se hicieron los brazos y las piernas del hombre. Únicamente masa de maíz entró en la carne de nuestros padres…”
Aquí el maíz no es simplemente aquello que se come. Es aquello de lo que estamos hechos.
El fragmento que aquí apenas rozamos pertenece a un relato mucho más amplio, lleno de otros intentos de creación, dioses, transformaciones y seres que buscan comprender su propio origen.
Muchos siglos después, otros ojos llegaron a América.
Para ellos, el maíz no era origen ni memoria. Era algo que había que describir.
Cuando lo desconocido necesita un nombre
José de Acosta, al escribir su Historia natural y moral de las Indias en el siglo XVI, comienza un capítulo dedicado al maíz con una pregunta: si el pan es el principal sustento del hombre, ¿qué pan hay en las Indias y qué se utiliza en su lugar?
El maíz aparece entonces comparado con el trigo. Acosta explica que en Europa el grano fundamental era el trigo y que en buena parte de las Indias ese lugar correspondía al maíz.
Hay algo profundamente humano en esa manera de mirar lo desconocido. Cuando encontramos algo que nunca habíamos visto, tratamos de explicarlo con aquello que ya conocemos.
¿A qué se parece? ¿Dónde encaja? ¿Con qué puedo compararlo?
Pero el maíz se resiste. Porque puede parecerse al trigo y no ser trigo. Puede ocupar el lugar del pan sin ser pan. Puede convertirse en harina, bebida o alimento sin agotarse en ninguna de esas formas.
El maíz como memoria
Para el Inca Garcilaso de la Vega, sin embargo, el maíz ya no era algo que hubiera que descubrir. Era memoria.
En los Comentarios reales, Garcilaso escribe sobre la zara, el maíz, y recuerda sus distintas preparaciones y usos. Su mirada es distinta de la de quien intenta explicar una planta desconocida: para él, aquello forma parte de la infancia y de una experiencia vivida.
El mismo grano que para unos era novedad, para otros era recuerdo.
Y quizá aquí comienza a hacerse evidente algo: el maíz no cambia solamente cuando cambia de lugar; cambia cuando cambia la persona que lo mira.
Y entonces podemos mirarlo desde otro ángulo: el de la belleza.
También puede ser belleza

Estamos acostumbrados a representarlo casi siempre amarillo. Pero esa imagen es apenas una posibilidad entre distintas variedades.
Hay maíces blancos, amarillos, rojos, azules, morados, negros; mazorcas cuyos granos parecen haber sido pintados uno por uno.
La mazorca, observada sin pensar por un momento en la comida, es también una estructura extraordinaria: repetición, ritmo, textura, líneas, simetría imperfecta, brillo y color. Cada grano se parece al siguiente y, sin embargo, ninguno es exactamente igual.
La planta cambia además con el tiempo. Primero es verde. Después aparecen las espigas y las sedas. Luego la mazorca madura, finalmente llegan los amarillos y ocres de la planta seca.
Y creo que por eso también ha entrado en la pintura, la fotografía, la ilustración botánica y las distintas formas en que el ser humano ha intentado plasmar aquello que ve.
Una imagen que se vuelve símbolo

La pintora guatemalteca Rina Lazo en su mural Xibalbá, el inframundo de los mayas, inspirado en el Popol Vuh, el maíz aparece vinculado al inframundo, al nacimiento y a los ciclos de vida y transformación.
Tina Modotti, fotógrafa italiana, llegó a México y encontró aquí un territorio que transformaría su mirada. En 1927 realizó Bandolera, maíz y hoz, una de las imágenes más reconocibles de su etapa mexicana, hoy perteneciente a la colección del Museo de Arte Moderno.
En la fotografía, la mazorca aparece junto a una bandolera y una hoz. El maíz deja de ser únicamente alimento o símbolo de fertilidad: entra en el lenguaje visual de la lucha agraria y de las ideas revolucionarias de la época.
Hay algo particularmente curioso en esta imagen: quien mira es extranjera, pero aquello que está construyendo visualmente termina convirtiéndose en un ícono de algo profundamente nuestro. Una mirada que llegó desde fuera terminó participando en la manera en que México se representó a sí mismo.
¿Lo ves? El maíz vuelve a cambiar de vida. Ahora es lucha.
Pero el maíz también se escucha.
El maíz también se escucha
En los archivos de la Fonoteca del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura se conserva una grabación de una ceremonia de la milpa en San Pablito, en la que distintos sones tocados con violín acompañan cantos y bailes de siembra dentro de un ceremonial propiciatorio para obtener una buena cosecha y dedicado a las deidades del maíz.
Aquí sucede algo distinto.
La música no está hablando sobre el maíz.
Está acompañando su ciclo.
El maíz tiene música para sembrarse.
Tiene música para celebrarse.
Tiene música para cosecharse.
Y en otras tradiciones aparecen canciones relacionadas con la cosecha, la siembra, la lluvia, el elote y hasta con el precio del grano.
De pronto descubrimos que el maíz también tiene una dimensión sonora.
Cuando el maíz tiene precio
Pero la historia no termina en lo sagrado, lo poético o lo bello.
También está el maíz que cuesta.
El maíz que se vende.
El maíz que falta.
El maíz cuyo precio cambia la vida de quienes lo cultivan y de quienes lo compran.
En recopilaciones de música indígena y mestiza aparecen incluso títulos como ” Ya se puso el maíz a veinte” y “Corrido del maíz caro”.
Y entonces el mismo maíz que unos siglos antes podía explicar el origen del hombre aparece convertido en una cifra.
Un precio.
Una preocupación.
Una canción.
Quizá no haya mejor demostración de su capacidad para transformarse.
Y todavía podemos acercarnos más.
Mirar un grano de cerca
Podemos tomar un grano entre los dedos y después colocarlo bajo un microscopio.
Lo que parecía una superficie sencilla se convierte en otro paisaje.
Células, tejidos, almidón, estructuras.
Podemos estudiar su polen, sus raíces, su embrión. Podemos comparar variedades. Podemos reconstruir parte de su historia genética y estudiar su larga transformación desde sus antepasados silvestres hasta las múltiples formas de maíz que existen hoy.
La ciencia vuelve a cambiar el ángulo.
Y todavía queda otra transformación: el viaje.
Un viaje que cruzó el mundo
El maíz nació y fue domesticado en América, pero no permaneció aquí.
Cruzó océanos primero hacia Europa y desde allí llegó a África y Asia.
Cambió de nombre: Maize, corn, maíz, maïs, milho, makka o makki.
Se adaptó a otros territorios, otros climas, otras prácticas agrícolas y otras culturas.
Y sigue viajando. No solamente por el mundo, sino hacia el futuro.
El maíz que todavía está cambiando

Hoy el maíz también es materia de investigación genética, conservación de variedades, nuevos materiales y tecnologías que buscan aprovechar incluso aquellas partes de la planta que durante mucho tiempo consideramos residuos.
Su historia, por lo tanto, no está terminada.
Por eso reducirlo a algo no alcanza, su historia es demasiado vasta.
Algo más que maíz
Tal vez ese sea nuestro error: creer que conocemos aquello que forma parte de nuestra vida cotidiana.
El maíz ha estado tan cerca de nosotros durante tanto tiempo que hemos dejado de verlo.
Y sin embargo, ha estado en casi todos lados.
En la historia.
En la literatura.
En la música.
En las artes.
En la ciencia.
En los rituales.
En los viajes.
En la memoria.
En el cuerpo.
Cuando me encomendaron la tarea de hablar sobre el maíz, lo primero que intenté hacer fue darle un rumbo, encontrar una idea central que pudiera contenerlo todo. Pero cuanto más buscaba, menos posible me parecía. Entonces decidí llevar al lector por todos esos lugares y mostrar sus diferentes vidas. Porque mientras nosotros seguimos intentando encontrar una palabra que lo contenga, él continúa cambiando.
Soy pan, soy paz, soy más
Por eso, al llegar al final de este recorrido, quisiera dedicarle una canción que nunca fue escrita para el maíz, pero quizá podamos prestarle esas palabras.
Mercedes Sosa hizo suya una canción de Piero y del poeta uruguayo Luis Ramón Igarzábal, “Soy pan, soy paz, soy más”, que grabó en 1982:
“Soy pan, soy paz, soy más […]
Soy agua, playa, cielo, casa blanca
Soy Mar Atlántico, viento y América
Soy un montón de cosas santas
Mezclada con cosas humanas”.
Jael Morales.
Complejo Cultural Universitario Eventos culturales y artísticos en Puebla