
Antes de que el ser humano inventara una canción, ya existía el ritmo; en el latido del corazón, en la respiración, en el movimiento de las olas, en la lluvia cayendo sobre la tierra, en el viento atravesando los árboles y en el canto de los pájaros. Es decir, en todos los fenómenos de la naturaleza que contienen repetición y frecuencia.
Tal vez por eso resulta tan difícil responder con precisión a la pregunta ¿qué es la música? Podemos definirla como la organización de sonidos y silencios, hablar de ritmo, melodía, armonía, timbre y estructura. Podemos estudiarla desde la física, las matemáticas, la psicología, la antropología o la historia. Pero ninguna definición parece suficiente para explicar aquello que ocurre cuando una melodía consigue conmovernos.

Porque la música no solamente se escucha, la música se experimenta. El sonido es un fenómeno físico. Surge de una vibración que se propaga a través de un medio y que nuestro sistema auditivo puede percibir. Pero el ser humano hizo algo extraordinario con ese fenómeno: aprendió a organizarlo, a reconocer relaciones entre sonidos, a repetirlas, transformarlas y dotarlas de significado. El ser humano creó un lenguaje: el lenguaje musical, con el cual fue capaz de materializar los sonidos y transmitir emociones.
Las emociones no tienen una forma que podamos tocar. La nostalgia no tiene peso. El amor no puede medirse con una regla. La esperanza no ocupa un lugar determinado en el espacio. Un recuerdo no tiene materia visible. Y, sin embargo, podemos sentirlos cuando escuchamos música, la cual puede convertirse en una forma de expresión capaz de transmitir aquello que las palabras no siempre consiguen explicar.

Entonces, es posible afirmar que la música toma algo que existe dentro de nosotros y lo transforma en vibración y sonido. Quizá ahí reside una de las razones por las que la música ha acompañado al ser humano desde las primeras sociedades hasta nuestros días: porque permite exteriorizar lo que llevamos dentro y, al mismo tiempo, reconocer algo propio en aquello que otro ser humano creó.
La música nos une, refleja nuestra esencia y cultura. A través de la misma, podemos sentir. Nos permite comunicar aquello que no tiene palabras; se convierte en un refugio para nuestras almas, en un lugar a donde podemos acudir para canalizar nuestras emociones, ya sean positivas o negativas, ya que la música se convierte en un bálsamo para hacernos sentir mejor.
Ahora bien, Regresemos a la pregunta ¿Qué es la música?
Tal vez sea la manera en que el ser humano aprendió a organizar las vibraciones del mundo para convertirlas en experiencia.
Tal vez sea una forma de reconocer patrones que ya estaban presentes en la naturaleza.
Tal vez sea una forma de transformar lo invisible en algo que podemos escuchar.
Tal vez sea memoria.
Tal vez sea emoción.
Tal vez sea belleza.

O quizá sea todas esas cosas al mismo tiempo; memorias que no podemos tocar y que generan sensaciones que no podemos explicar pero que, simplemente, nos hacen sentir vivos.
En fin, la música simboliza la parte más sensible de los seres humanos, en ella se expresan y transmiten emociones que muchas veces ni siquiera sabemos qué sentimos. La música nos acompaña en nuestra vida y contiene plasmados los secretos de la naturaleza.
La UNESCO y el Consejo Internacional de la Música, establecieron en 1975 el día 1 de Octubre como el Día Internacional de la Música. Aprovechemos esta fecha para meditar sobre la importancia que tiene la música en nuestras vidas y disfrutemos de ella, ya sea haciendo música o simplemente haciéndola parte de nuestra existencia.
Manola Manjarrez
Complejo Cultural Universitario Eventos culturales y artísticos en Puebla