viernes , 7 agosto 2026

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El Pinto: un cuento para el Día del Perro Callejero

Notas biográficas de un perro: releer a Ángel de Campo hoy

 

Según estimaciones de la OMS, existen más de 200 millones de perros callejeros a nivel global. En México, más del 70% de perros son callejeros, conviven a diario con nosotros en calles, parques o viven el abandono en azoteas. Tan solo en la ciudad de México hay alrededor de 25 millones de perros en situación de calle, esto es mucho más que en otras ciudades de Latinoamérica. El abandono es una realidad que rara vez se detiene a mirar quien pasa de prisa, y cada 27 de julio, el Día Internacional del Perro Callejero nos invita a hacer justamente eso: detenernos. 

Por eso, en esta edición quisimos compartir un texto que, aunque tiene más de un siglo de haberse escrito, sigue doliendo con la misma vigencia: “El Pinto. Notas biográficas de un perro”, del escritor mexicano Ángel de Campo (1868-1908), un cronista del México porfiriano, conocido bajo el seudónimo de “Micrós“. De Campo retrató con una mirada compasiva y sin adornos la vida de los márgenes de la Ciudad de México a finales del siglo XIX: los oficios humildes, la infancia pobre, y también —como en este cuento— la existencia de los animales que habitan la calle sin nadie que responda por ellos. 

“El Pinto” no es solo la historia de un perro abandonado. Es, como el propio autor sugiere en sus líneas finales, una alegoría sobre el desamparo humano: la vulnerabilidad de quienes, con o sin patas, quedan a la deriva de la indiferencia ajena.  

Compartimos el cuento completo a continuación, con la invitación a leerlo no como una curiosidad literaria del pasado, sino como un espejo incómodamente actual. 

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El Pinto 

Notas biográficas de un perro 

Ángel de Campo 

Chilindrina era una perrita poblana, gordita, muy lavada, muy blanca, con su listón azul al cuello, siempre dormitando en las faldas de doña Felicia, su ama, que era dueña de un estanquillo y había concentrado en ella todo su amor de vieja solterona. Cuidaba del buen nombre del animal como las madres cuidan de la inocencia de sus hijos, y casi murió de dolor cuando supo la terrible noticia: Chilindrina, la doncella sin mancha, había tenido amores con el Capitán, escuintle horroroso de un zapatero vecino: frutos de estos amores fueron la Diana, el Turco y el Pinto, de quien voy a ocuparme. 

Era un perro de pueblo, enteramente flaco, de orejas derechas y agudas, ojo vivaz, hocico puntiagudo, grandes pelos lacios y cerdosos, patas delgadas y cola pendiente; era de esa clase de perros de raza indígena que tienen una semejanza con los lobos, de un color amarillo sucio manchado de negro, lo que le valía su nombre de Pinto. Su historia puede encerrarse en estos capítulos: el hogar, el cuartel, la calle, la vagancia. 

Muy pocos días duró bajo el brasero en el cajón de vino, lleno de trapos manchados de petróleo que le sirvió de cuna. Aún no abría bien los ojos, que tenían esa opacidad azulosa de los recién nacidos, aún su paso era débil, cuando lo regalaron a la primera que lo pidió, y fue doña Petra, portera del 6 de Mesones, señora fea que, no teniendo quien la amara, amaba a los animales. Un gato se le había desertado, y para mitigar la ausencia iba a sustituirlo con un consentido más fiel: el Pinto. Con calma maternal daba las migas de pan en leche al tierno niño, lo acostaba en un rincón envuelto en trozos de alfombra, lo arrullaba en el regazo y en horas de quehacer lo exponía al sol tibio de la mañana; ahí reposaba el Pinto cazando moscas al vuelo, dando paseos cortos, oliendo las juntas del embaldosado y acostándose de nuevo, previas las vueltas de ordenanza. 

Creció, y comía entonces las sobras que daba a su ama una familia de la vivienda principal. Su vida era sedentaria; se reducía a vegetar y no salía del zaguán de la casa, porque sentía un temor invencible por los transeúntes, los coches y los perros más grandes que él. Cuando el ama salía, lo dejaba encerrado, y más de una vez se oyeron tras la puerta aullidos lastimeros a los que respondían frases coléricas de los vecinos nerviosos. 

Vivían arriba dos niños que al irse al colegio le arrojaban un pedazo de pan y al volver le hacían un cariño, diciéndole con voz muy dulce: “Pintito, toma”, y tronándole los dedos lo llamaban en dirección a la escalera. Él los hubiera seguido, pero le inspiraba serios temores aquella ascensión peligrosa y, sobre todo, la opinión de su ama. Un día se decidió a subir, los Angulo lo colmaron de cariños, lo hicieron corretear por el corredor, enseñándole y escondiéndole un pañuelo que desgarraba a mordiscos, y los hacía exclamar con infinito placer: “¡Sabe jugar al toro!” Ya eran amigos: ya el pobre Pinto seguía a la criada hasta el colegio, y con disimulo señalaba su huella en todas las esquinas para reconocer el camino. Aparecían los Angulito, y corría con esa vivacidad infantil propia de una gran emoción. 

Todo lo sufría el buen amigo; que lo ensillaran, lo vistieran de muñeco, lo hicieran tirar de un carrito de palo lleno de ladrillos, lo forzaran a saltar por el mango de una escoba, o hacer de toro y hasta de verdugo, cuando alguna rata infeliz salía de un agujero por sus negras desdichas. Sin embargo, ¡qué de temores en aquellas visitas! ¡Qué odio debía tenerle aquella señora descolorida que lo veía con ojos tan malos y lo hacía despejar el corredor! 

Una ocasión los niños no lo llamaron como otras veces y él subió. La criada lo esperaba tras de la puerta y lo llamaba ¡cosa rara! con voz dulce. Acudió y entonces lo suspendió por el aire tomándolo por el pescuezo; lo llevó a un rincón del corredor, le restregó el hocico contra un ladrillo sucio y le pegó de escobazos. En vano aulló, en vano decía con los ojos “¡yo no he sido!”; la fuerte mocetona le pegó duro, y los niños lo veían con inmensa compasión tras de los vidrios. 

¡Pobre Pinto! Su ama lo abandonó. Días enteros se pasó en las calles oliendo todos los rincones y en busca de ella. Aulló a la puerta de la antigua portería hasta que una vecina se compadeció de él; era una mujer de cascos ligeros que tenía amores con un albañil. Hacían tres viajes diarios hasta la Alameda para que comiera en una banca el señor aquel lleno de cal. Gravemente sentado, esperaba que le echaran su piltrafa de carne: como perro bien educado, ni parpadeaba. 

Después, el amor de su nueva ama pasó a un soldado y supo lo que era la vida de cuartel. Comió el vil rancho, tuvo amistad con gentes malignas; pero sucedió lo que tenía que suceder: el regimiento salió y de nuevo lo abandonaron. 

¿Qué comer? Si se detenía en la puerta de una fonda, le aventaban unas tenazas; si iba a una carnicería lo pateaban; si encontraba un hueso, se lo arrancaba otro can famélico más fuerte que él. En aquellos días se apiadó de él un viejo de barba blanca y sucia, pantalones rotos y zapatos llenos de agujeros: era un mendigo que se fingía el ciego. 

Todo el día se pasaba a la puerta de las iglesias donde había función o jubileo. El amo, apoyado en el grasiento bastón en forma de báculo y él, amarrado del cuello con un mecate lleno de punzantes hilos. Comió las tortillas heladas y los mendrugos de pan frío de la miseria; sufrió los palos de más de un sacristán, y tenía también, en aquella época, un aire de mendicidad, la cabeza gacha, los ojos tristes, el rabo entre las piernas, y hecho un esqueleto… 

Estaba predestinado para el martirio. Su amo, el falso ciego, robó una vez y lo condujeron a la inspección. ¡Terrible noche al aire libre! La pasó en la puerta de la comisaría y nunca olvidó la escena del día siguiente: el rostro demacrado del amo, que acompañado por muchos pillos, con un jarrito colgado a la espalda, entre dos hileras de gendarmes fue conducido hasta Belén. Quiso entrar, pero no tuvo ni una mirada de despedida de su amo, y sí un culatazo de un centinela. 

¿Qué hacer? Caminar al acaso. Anduvo calles y más calles, fatigado, sudoroso, sediento, y lo recibían en los barrios con ladridos de amenaza. 

El hambre lo postraba; ni una fonda, ni una carnicería, ¡nada! El aislamiento, el verano de calores quemantes, la repulsión en todas partes; buscaba la sombra en el hueco de un zaguán, y crueles porteros lo espantaban; seguía a alguien, y aquel alguien, al entrar a su casa, dando una patada en el suelo, le cerraba las puertas en los hocicos. ¡Pobre Pinto! Dos veces intentó olvidar con el amor su desdicha, pero las dos fue desgraciado. Ya casi había conquistado a una desconocida, cuando un señor alto, moralista tal vez, lo espantó pegándole un bastonazo; lo iba a machucar un tren, y perdió a la dama. Su segunda tentativa fue tan desgraciada como la primera: un Terranova, abusando de la fuerza, le arrebató a la que tanto había soñado. ¡Pobre Pinto! 

Llegaron aquellas noches interminables de vagancia, aquel husmear continuo en todos los rincones, a la puerta de las accesorias, esperando que arrojaran al caño el agua sucia de la cena, para pescar un hueso y huir con él donde nadie se lo disputara; rebuscar en los montones de basura; seguir a los ebrios para… ¡Qué fúnebres rondas hacía con otros compañeros de desgracia! Se olfateaban los unos a los otros para saludarse, se mordían, ladraban, y un vecino les arrojaba agua desde un balcón; dormían hechos rosca en el umbral de una puerta. 

Eran noches de pesadillas terribles. Pinto soñaba estar en una azotea con la cazuela de sobras repleta, subía la Diana, le hablaba de amores, junto al tinaco le decía: “eres mi vida”, y ¡paf! Un señor que entraba a deshoras a su casa, lo despertaba con un puntapié. Aquello no era vida, los carretones de basura no traían ni un solo hueso que roer, y cuando lo había, la fuerza bruta se lo arrancaba de los dientes. 

Evocaba aquel pasado siempre adverso: ¿para qué había nacido? ¡Sin creencias, sin paraíso, sin palabras siquiera para pedir un mendrugo! Y cazaba moscas al vuelo o saciaba su sed en los charcos. 

Una mañana lo llamó un señor y le arrojó un pedazo de carne. ¡Al fin! Sí, sí; había indudablemente un espíritu protector de los hambrientos; sintió una embriaguez de placer al aspirar el aroma tibio de aquella pulpa, y ¡era fresca! y la comió con glotonería. Un fuego devorador circulaba por sus venas, parecía que desgarraba sus entrañas, sus miembros se estremecían en dolorosas convulsiones; tambaleaba como un ebrio y, por fin, se desplomó. ¡Lo habían envenenado! 

¡Qué cuadro! Yacía en el lodazal. Todo fue crueldad en aquellos momentos. Un carro al pasar le trituró una pata; había un círculo de curiosas, criadas que volvían de la compra; mandaderos con la canasta en la mano y que se entretenían en picarlo para provocarle largos estremecimientos convulsivos. La cabeza caída, los ojos inyectados fuera de las órbitas; los blancos colmillos descubiertos, la lengua de fuera, el hocico abierto y babeante; la respiración de un sofocado, y las patas agitándose en nervioso desorden. ¡Y aún en su agonía lo azuzaban y se reían de sus contracciones de epiléptico! Ni una queja, ni un ladrido… Los niños Angulo pasaron y se detuvieron, sus ojos infantiles lo vieron con gran tristeza, y los oyó murmurar: 

—¡Pobrecito! y se parece al Pinto. 

Era el Pinto: ¡qué flaco estaría para ser inconocible! Después de un último sacudimiento quedó inmóvil. 

  •  

El carro de la limpia fue su ataúd y el muladar su cementerio. Ahí, sobre montones de ceniza, cascarones de huevo, zapatos rotos, harapos y momias de gato, fue arrojado junto a un casco de botella; quizá lo hubieran devorado los mismos que lo acompañaron hasta su última morada, si no hubiera habido otro entierro, el de un caballo que llegó en un carretón con una bandera blanca y escoltado por canes hambrientos que hicieron de sus despojos una atroz carnicería. 

Lamiéndose los bigotes dijo uno de los comensales: “He aquí al Pinto, ciudadano honrado, de origen noble, fiel, trabajador, digno de un cojín de viuda o de una azotea de ranchería, convertido en cadáver y ¡envenenado!… Pero ¡esta es la vida!” Y se alejó al trote por el potrero, donde ya las sombras se extendían; el crepúsculo daba un fulgor sangriento a aquel cuadro y perfilaba en el horizonte las siluetas macabras de esas limosneras que remueven las basuras para encontrar hilachas. 

La sombra tendió sus alas de búho en aquel cementerio de cosas viejas y animales muertos. Cementerio sin epitafios. 

¡Cuántos en la plebe son como el Pinto! ¡Cuántos desdichados hay que, con forma humana, no son sino perros que hablan y que visten pantalones! 

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Una reflexión final 

Más de un siglo hace que se escribió este cuento, y sin embargo El Pinto sigue caminando en nuestras calles, cambian los nombres y las ciudades, pero persiste la misma indiferencia: la de mirar hacia otro lado cuando un animal hambriento, lastimado o enfermo cruza la banqueta, la de suponer que su suerte no nos compete. 

Algo que Ángel de Campo comprendió y que el día internacional del perro callejero nos recuerda, es que el abandono no es un hecho aislado: es un espejo de cómo tratamos a los marginados, sean de dos o cuatro patas.  

Leer “El Pinto” hoy no es un ejercicio de nostalgia literaria, sino una invitación concreta: a esterilizar, a adoptar, a alimentar al que no tiene dueño, pero, sobre todo, a no naturalizar la crueldad cotidiana que el propio Micrós ya denunciaba en 1900. 

Al Pinto no le devolvemos la vida leyéndolo. Pero tal vez, si su historia nos incomoda lo suficiente, evitemos que se repita en algún otro perro que hoy mismo deambula, sin nombre, por nuestra ciudad. Los perritos de la redacción

 

La Guelaguetza y el orgullo de los pueblos de Oaxaca

Foto: Davidanegas. Gran festival Guelaguetza 2019, Convento de Santo Domingo, Oaxaca

 

Cada año, en el mes de julio, Oaxaca recibe miles de visitantes que acuden a disfrutar de un colorido jolgorio. Los turistas abarrotan las tribunas para presenciar hermosos bailes folklóricos, desfiles, ferias gastronómicas y de artesanías. Esta gran fiesta es La Guelaguetza, que más allá de ser un festejo multitudinario con especial atractivo para los turistas, tiene un significado hermoso y es el latido del corazón de Oaxaca.

La palabra Guelaguetza proviene del zapoteco guendalizaa o guelaguetza, que significa “ofrenda”, “cooperación”, “ayuda mutua” o “compartir recíprocamente”. Es decir, la esencia de esta fiesta es reforzar los lazos de la comunidad y solidaridad entre los pueblos oaxaqueños. Y demuestra la importancia compartir, ayudar, y dar con generosidad. Es un compromiso comunitario que une a personas y pueblos indígenas de Oaxaca.

Las raíces de este festejo emblemático son prehispánicas, los indígenas oaxaqueños celebraban rituales en honor a Centéotl —diosa del maíz de origen mexica, cuya figura se integró después a la narrativa de la fiesta— o, en la cosmovisión zapoteca original, a Pitao Cozobi. Durante casi ocho días, las comunidades realizaban ceremonias, danzas, ofrendas y tocaban música para agradecer las cosechas y pedir prosperidad para el siguiente ciclo agrícola.

Al llegar los españoles, las celebraciones indígenas se fusionaron con las festividades católicas dedicadas a la Virgen del Carmen, y de ahí surgieron los Lunes del Cerro en el Cerro Del Fortín. Aún así, las nuevas fiestas conservaron muchos elementos de las tradiciones originarias. A partir de 1932, como parte de la celebración del IV centenario de Oaxaca, se organizó un encuentro de delegaciones de las distintas zonas del estado para presentar sus bailes, música y costumbres. Este evento tuvo una excelente acogida por los asistentes, que consolidó la celebración de La Guelaguetza como la conocemos hoy.

 

Cartel del programa de “Lunes del Cerro”, Oaxaca de Juárez, julio de 1950. Imagen compartida por Radio Mar Huatulco 106.3 en Facebook.

 

Actualmente, la Guelaguetza reúne a delegaciones de las ocho regiones de Oaxaca:

Cañada: Tierra de cañones y comunidades mazatecas, famosa por el icónico bailable Flor de Piña.

Costa: Zona de importante influencia afromexicana, reconocida por sus alegres chilenas y la Danza de los Diablos.

Istmo de Tehuantepec: Destaca por sus imponentes trajes de gala bordados y el Baile de la Sandunga.

Mixteca: Región montañosa que deslumbra con su histórico Jarabe Mixteco.

Papaloapan: Tierra de clima tropical bañada por el río, comparte bailes llenos de algarabía.

Sierra Norte (Sierra Juárez): Comunidades de la sierra que participan con sones y jarabes característicos.

Sierra Sur: Mezcla de cosmovisión indígena con danzas tradicionales de sus comunidades montañosas.

Valles Centrales: Región sede que abre la fiesta con las tradicionales Chinas Oaxaqueñas y el Jarabe del Valle

Durante la fiesta de La Guelaguetza, delegaciones de las ocho regiones de Oaxaca se reúnen para presentar de manera viva su herencia cultural con vestimenta típica, danzas tradicionales, música representativa, gastronomía y artesanías.

Al finalizar las presentaciones, es costumbre que los participantes lancen al público productos regionales como frutas, pan, café, mezcal o artesanías, en un gesto que simboliza el espíritu de la guelaguetza: compartir y fortalecer los lazos de solidaridad entre las personas.

Hoy en día, la Guelaguetza constituye una de las expresiones más representativas del patrimonio cultural de Oaxaca y de México. Se celebra los dos lunes posteriores al 16 de julio (excepto cuando el primero coincide con el aniversario luctuoso de Benito Juárez, caso en el que se recorre una semana). Pero más allá del calendario, cada edición repite el mismo gesto que le dio origen hace siglos: ocho regiones que se reúnen no para competir, sino para compartir. En ese intercambio de danzas, cantos y ofrendas está la clave de por qué esta fiesta ha sobrevivido a la conquista, a la modernidad y al paso del tiempo — porque la guelaguetza, como práctica y como palabra, sigue significando lo mismo: dar sin que se acabe.

Ajedrez: filosofía y belleza en 64 casillas

Foto: iStock/Xavier Montero Llorens

 

El ajedrez es enorme, profundamente bello. Ha sido definido como deporte, como una ciencia y como arte. A mí me atrae el arte que hay en el ajedrez: la sorpresa artística, la belleza interna del juego, las múltiples posiciones bellas que suceden en una partida. — Jaime Sabines

 

Cada 20 de julio, millones de personas alrededor del mundo mueven una pieza en conmemoración del Día Mundial del Ajedrez. La fecha no es arbitraria: el 12 de diciembre de 2019, la Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó oficialmente el 20 de julio como esta efeméride, en homenaje a la fundación de la Fédération Internationale des Échecs(FIDE) en París, ese mismo día de 1924. Pero detrás de la fecha hay una pregunta más interesante que la anécdota histórica: ¿por qué un juego de mesa ha logrado ocupar, durante siglos, el terreno de la ciencia, el deporte y el arte al mismo tiempo?

Desde los filósofos griegos ya se argumentaba que el ocio era una vía para la autorrealización del ser humano, y el ajedrez ha sido, desde entonces, uno de sus territorios más fértiles. El escritor argentino Ernesto Sabato escribió en su libro Uno y el Universo que “el hombre no inventó el ajedrez, sino que lo descubrió” — una frase que resume bien la idea de que este juego no es solo una actividad de esparcimiento convencional, sino un espacio donde se cuestionan y despliegan las posibilidades de nuestra propia existencia.

 

Un sistema de signos: el ajedrez según Saussure

Fotografía de una partida de ajedrez viviente vinculada al entorno de Marcel Duchamp. Vía Messy Nessy Chic (“What Was the Deal with Marcel Duchamp and Chess?”).

 

Uno de los usos más célebres del ajedrez fuera del propio juego aparece en la lingüística. Ferdinand de Saussure, en su Curso de lingüística general, recurrió al ajedrez como modelo para explicar cómo funcionan los sistemas de signos. Su idea central: una pieza —tallada en marfil, en madera o representada en una pantalla— vale exactamente lo mismo mientras conserve su función dentro del juego. Lo que importa no es la sustancia física de la pieza, sino su posición y sus posibilidades de movimiento en la red del tablero.

De ahí, Saussure distinguió dos dimensiones que después se volvieron centrales para la lingüística moderna: la sincronía(el estado del tablero en un momento dado, regido por reglas fijas) y la diacronía (el cambio que provoca cada movimiento, por mínimo que parezca, sobre ese estado). Cada jugada transforma el juego entero, pero las reglas permanecen intactas — una dualidad que convierte al ajedrez en un modelo con una variabilidad prácticamente infinita.

 

El tablero como espacio ético

Más allá del lenguaje, el ajedrez también ha servido como metáfora de la vida moral. Así como el imperativo categórico de Kant exige que las acciones humanas se rijan por principios racionales y universales, quien juega ajedrez debe someter cada intuición a un análisis lógico antes de mover una pieza. Para el ajedrecista y filósofo Emanuel Lasker, el tablero era el escenario perfecto del libre albedrío: cada jugador asume, sin excusas, la responsabilidad plena de sus decisiones — un reflejo directo de lo que ocurre fuera del tablero. Lasker también defendía que la belleza del ajedrez está en la sorpresa y la efectividad de cada movimiento, entendiendo el juego como el choque de dos voluntades, no como piezas frías obedeciendo un cálculo.

 

Duchamp: el ajedrez como obra de arte inmaterial

Marcel Duchamp. Dominio público.

 

La vinculación del ajedrez con el arte se profundizó con las vanguardias de la primera mitad del siglo XX, y ningún nombre resume mejor ese giro que Marcel Duchamp. El artista conceptual, en su libro Duchamp du signe, describió el ajedrez como algo que se esboza, casi se construye: “el aspecto competitivo del asunto no tiene ninguna importancia, pero el juego en sí es muy, muy plástico”. Para Duchamp, las piezas no son simples objetos tallados, sino la forma material de un pensamiento abstracto en movimiento. Y lo que vuelve al ajedrez comparable a una sinfonía, un poema o una obra arquitectónica —según su propia lógica— es justamente que no persigue ningún fin utilitario: no produce nada más que la partida misma.

Desde ahí, una partida de ajedrez puede leerse casi como una instalación interactiva: dos mentes en tensión que, sin proponérselo, colaboran para construir un mismo objeto temporal frente a un tablero. El cálculo matemático y la experiencia estética, lejos de estar separados, resultan ser la misma cosa vista desde dos ángulos.

 

El tablero en la poesía

El ajedrez también ha sido territorio fértil para la literatura. Tanto Jorge Luis Borges como la poeta mexicana Rosario Castellanos escribieron, cada uno por su cuenta, un poema titulado simplemente “Ajedrez”. En ambos casos, el desarrollo de la partida se convierte en metáfora del determinismo y de la frágil libertad que atraviesa las relaciones humanas — el tablero como espejo de nuestra propia condición.

 

Un patrimonio que se sigue jugando

El estudio del ajedrez, visto en conjunto, revela algo más grande que sus 64 casillas: no es una simple actividad de esparcimiento, sino un puente que ha unido —sin pedir permiso— a la lingüística, la filosofía, el arte conceptual y la poesía. Ese vínculo indisoluble entre juego, pensamiento y cultura es, en buena medida, lo que celebramos cada 20 de julio: no solo el aniversario de una federación deportiva, sino la vigencia de un tablero que sigue siendo, 1600 años después de su invención, un espacio donde el ser humano piensa sobre sí mismo.

Samuel Benítez Toxqui
Responsable del Parque del Ajedrez 
Apasionado de la filosofía y la investigación 

La Luna en la historia: de los mitos ancestrales a la exploración espacial

Buzz Aldrin en la superficie lunar, misión Apolo 11 (20 de julio de 1969). Fotografía: Neil Armstrong / NASA. AS11-40-5903. Dominio público.

 

Cada noche, desde mucho antes de que existieran las ciudades, la escritura o la ciencia, la Luna ha acompañado a la humanidad. Ha sido luminaria de caminos, musa de artistas, temporizador de agricultores, protagonista de historias y leyendas, motivo de creencias y descubrimientos. Aunque hoy conocemos más sobre su origen y composición gracias a la exploración espacial, la luna nos sigue asombrando con solo mirarla en el cielo, igual que a nuestros antepasados.

El 20 de julio de 1969 por primera vez el hombre pisó la luna, y en honor a ese hito se instauró el Día Internacional de la Luna. Sin duda el primer alunizaje es una de las metas más ambiciosas que han cumplido los humanos, pero vale la pena preguntarse ¿qué ha significado realmente este satélite para las distintas civilizaciones?

 

La primera gran medida del tiempo

 

Antes de los calendarios modernos, la Luna fue el reloj del mundo. Los pueblos antiguos cronometraban el paso del tiempo observando las fases lunares, así sabían el momento correcto para organizar las cosechas y planificar la caza. Midiendo el tiempo con los ciclos de la luna, también establecieron festividades y sabían cuándo había llegado el momento de celebrarlas.

Culturas de Asia, mesoamericanas, el mundo islámico y los hebreos, desarrollaron calendarios lunares o lunisolares, comprendiendo que los ciclos de la vida en la tierra estaban profundamente conectados con el cielo. La Luna enseñó a la humanidad a observar, a esperar y a comprender el ritmo de la naturaleza.

 

Un símbolo de lo femenino y la fertilidad

 

Figurilla de Ixchel, con conejo. Museo Regional de Yucatán, Palacio Cantón. Fuente: INAH

 

Las culturas antiguas, relacionaron a la Luna con fertilidad, maternidad y con los ciclos de la vida. Esto porque la transformación constante de la luna evocaba el nacimiento, el crecimiento, la plenitud y el renacimiento.

Los mayas tenían a Ixchel. Una deidad femenina, señora de la Luna y la fertilidad humana por ser protectora de la concepción y el embarazo; fertilidad artística como patrona de los oficios textiles y pintura; y al controlar los cuerpos de agua, las mareas y las cosechas también la fertilidad de la tierrra.

Otras civilizaciones como el antiguo Egipto, Grecia, Roma, Mesopotamia, China y gran parte de los pueblos indígenas de América, también tenían deidades lunares que representaban protección, sabiduría, renovación o el equilibrio entre la oscuridad y la luz, cualidades mayormente atribuidas figuras femeninas y maternales.

La Luna les recordaba que el cambio no era una amenaza, sino parte esencial de los ciclos de la existencia.

 

Todos somos como la Luna brillante, todavía tenemos nuestro lado oscuro (Kahlil Gibran)

 

Mitos que explicaban el universo

 

Antes de la astronomía moderna, cada civilización tenía sus propios relatos de la Luna como la imaginaban en su propia cosmovisión. Las manchas lunares se convirtieron en personajes, leyendas y enseñanzas transmitidas durante generaciones. Algunos pueblos veían un conejo dibujado en la superficie; otros, un anciano, una mujer tejiendo o un dios observando desde el cielo.

Estas historias, que buscaban explicar el cielo, también reflejaban los valores, los miedos y las esperanzas de quienes las contaban.

 

La Luna, como una flor en el alto arco del cielo, con deleite silencioso, se instala y sonríe en la noche (William Blake)

 

Guía para viajeros y navegantes

 

Richard A. Proctor, The Stars in their Seasons: An Easy Guide to a Knowledge of the Stars, “Stars for July” (Map VII), 1884. Dominio público.

 

Cuando no existían dispositivos modernos de orientación, la Luna fue una verdadera aliada para que los viajeros encontraran su camino. Cada fase lunar, la Luna sale por un punto cardinal diferente, y así los humanos lograban ubicarse no solo en tierra, también los marineros podían calcular su posición al medir la distancia angular entre la Luna, el horizonte y otras estrellas.

Además de la importante utilidad en tareas que requerían orientación, las comunidades costeras aprendieron a interpretar la relación entre las fases lunares y el comportamiento del mar, ese conocimiento resultó esencial para la pesca y el comercio marítimo.

El cielo era, literalmente, un mapa.

 

La Luna y el nacimiento de la ciencia

 

Observar la Luna impulsó algunos de los primeros avances científicos.

Johann Gabriel Doppelmayr y Johann Baptist Homann. Tabula Selenographica in qua Lunarium Macularum exacta Descriptio (detalle, hemisferio según nomenclatura de Hevelius). Núremberg, 1707/1742. Dominio público. Vía smithsonianmag.com

 

Astrónomos de distintas culturas registraron eclipses, calcularon ciclos y perfeccionaron calendarios. Más tarde, la invención del telescopio permitió descubrir que la superficie lunar no era una esfera perfecta, sino un paisaje lleno de montañas y cráteres. Uno de los primeros trabajos sobresalientes de cartografía es la Selenografía de Johannes Hevelius, quien quizá fue el astrónomo más innovador desde Nicolás Copérnico, y es que su trabajo fue el primero en registrar mapas y diagramas lunares abarcando diferentes fases de la Luna.

Para este punto, la Luna dejó de ser únicamente un símbolo para convertirse también en un objeto de estudio.

 

Una inspiración que nunca desaparece

 

Henri Rousseau (Le Douanier). La encantadora de serpientes (La Charmeuse de serpents), 1907. Musée d’Orsay, París. Google Art Project. Dominio público.

 

Pero además de ser una luminaria y reloj de los humanos, la Luna ha sido una musa que inspira poemas, canciones, pinturas, películas y obras literarias de todas las épocas. Ha sido símbolo del amor, de la soledad, del misterio, de la esperanza y de los sueños imposibles.

Pocas imágenes son tan universales como mirar hacia el cielo y encontrar la Luna brillando entre las estrellas. Es uno de los pocos elementos que todas las culturas han compartido, aunque cada una la haya interpretado de manera diferente.

“Superluna de Sangre del Lobo” en enero de 2019. Ocurrieron tres fenómenos: la primera luna llena del año, conocida como ” luna de lobo”, la cual alcanzó su mayor tamaño al estar más cerca de la Tierra “superluna” y un eclipse total en el que la luna se visualizaba de un tono rojizo “de sangre”. Fotografía compartida por fotosdecosas vía Instagram.

 

Quizá el mayor legado de la Luna no sea únicamente científico ni mitológico, sino el hecho de que al mirarla, nos miramos a nosotros mismos. Durante miles de años nos enseñó a observar, a medir el tiempo, a imaginar y a hacernos preguntas. Fue calendario, brújula, inspiración artística y laboratorio natural.

Hoy la luna sigue siendo explorada con nuevas tecnologías, pero continúa despertando la misma curiosidad que acompañó a los primeros seres humanos que levantaron la vista hacia el cielo nocturno, porque la Luna no necesitó que la alcanzáramos para cambiarnos. Llevaba haciéndolo desde mucho antes de que un humano pusiera su pie en ella, y probablemente lo seguirá haciendo mucho después.

Y a tí, ¿qué te provoca mirar hacia el cielo y encontrar la Luna ?

 

Tania Morales Pacheco
Comunicóloga, responsable editorial.

Lienzo futbolístico: el arte en la Copa del Mundo 2026

Legacies of Champions: FIFA Museum. FIFA World Cup Timeline

 

A lo largo de la historia, el fútbol (llámese también soccer o balompié, dependiendo del lugar) ha sido un deporte que trasciende más allá del campo de juego. Es un deporte con íconos, símbolos y personalidades que, a veces, son valorados en su justa o muy criticable medida: algunas veces como deidades (Diego Armando Maradona, Pelé, Messi, Cristiano Ronaldo, entre otros); en otras ocasiones, se crean templos o lugares sagrados, creados por los propios aficionados o hinchas (los estadios Azteca, Wembley, Santiago Bernabéu y Camp Nou); imaginarios de la cultura pop e, inclusive, música que, entonada entre la tribuna, pareciera ser himnos nacionales (Cielito lindo, Wonderwall), entre otros.
Y este año, la Copa del Mundo: México, Estados Unidos y Canadá 2026 no es la excepción, ya que, en el ámbito artístico, diferentes espacios culturales a lo largo y ancho del país y de las otras dos sedes, Canadá y Estados Unidos, han procurado citar este magno evento, que se celebra cada cuatro años, y poner en un nicho al futuro ganador, una celebración que sumaría más a estos símbolos y personalidades desde el ámbito artístico.

 

México

 

Para el país que vio nacer a jugadores como Hugo Sánchez, Jorge Campos, Andrés Guardado y Rafa Márquez, diferentes espacios, tanto en Ciudad de México como en Puebla, cuentan con las siguientes exposiciones de arte:

Fútbol y Arte: esa misma emoción (Museo Jumex): exposición que traza un recorrido por las múltiples intersecciones entre el arte contemporáneo y el fútbol como expresión cultural, estética y social. Disponible hasta el 26 de julio. Entrada gratuita.

Ver más: Futbol y arte

Foto: Ramiro Chaves

 

Objetos de Leyenda, momentos icónicos en la historia del fútbol (Museo Jumex): narrada a través de una selección de objetos icónicos que trazan la evolución de este deporte desde sus orígenes locales hasta su conversión en un fenómeno global, revela la manera en que la cultura material, como balones, camisetas, trofeos y objetos personales, encarna momentos de transformación, identidad y memoria colectiva.
Disponible hasta el 30 de agosto. Entrada gratuita.

Ver más: Momentos icónicos en la historia del futbol

Imagen: Fundación Jumex Arte Contemporáneo, exposición Objetos de leyenda: Momentos icónicos en la historia del fútbol.

 

Fútbol, Diseñando una pasión (Museo Franz Mayer): recorrido histórico y visual por las Copas Mundiales de América, mostrando cómo el diseño ha sido clave en la evolución del deporte más influyente del planeta, desde los escudos y logos de los clubes hasta la arquitectura monumental de los estadios, los uniformes, balones, souvenirs y carteles.
Disponible hasta el 16 de agosto. Entrada con costo.

Ver más: Fútbol, diseñando una pasión

Imagen: Museo Franz Mayer. Fútbol: Diseñando una pasión.

 

90 minutos la pasión del fútbol (Galería Municipal de Puebla): muestra que busca destacar el impacto cultural, social y artístico del deporte más popular del mundo.
Disponible hasta el 20 de julio. Entrada gratuita en varios puntos del Centro Histórico de Puebla.

Ver más: 90 minutos la pasión del fútbol

Imagen: Gerencia del Centro Histórico Puebla.

 

Palabra de fútbol (Complejo Cultural Universitario, Valla Perimetral): exposición que vincula diseño con la plástica mediante la imaginación visual de artistas, fotógrafos y diseñadores gráficos, quienes usan su creatividad para recorrer el universo futbolero mediante palabras como penalti, toque, riflazo, cascarita, empate e, incluso, con consignas populares como: No fue penal.
Disponible hasta el 19 de julio. Entrada gratuita.

Exposición: Palabra de fútbol. Dribling y metáfora. Valla perimetral del CCU

 

11 sobre 11. El juego del arte (Complejo Cultural Universitario, Andador Cultural): exposición dedicada por completo a la ilustración y el diseño conceptual del balompié. Cada jugada se convierte en un lienzo y cada elemento del partido en una propuesta artística única, hecha por Germán Montalvo.
Disponible hasta el 19 de julio. Entrada gratuita.

Foto: Israel Pérez.

 

Estados Unidos y Canadá

 

Unidad – The World ‘s Game (FIFA Museum, Florida, EUA): muestra la profunda influencia que el fútbol ejerce en el mundo. Sobre unos 700 m2 distribuidos en dos plantas, los visitantes pueden sumergirse en el rico legado del fútbol y conocer su historia en Estados Unidos. La exposición está concebida como un recorrido por la historia del deporte más popular del mundo. Objetos históricos, estaciones interactivas y montajes inmersivos presentan los momentos decisivos que han impulsado el crecimiento del fútbol. Disponible hasta el 19 de julio. Entrada con costo.

Ver más: The world’s game

Imagen: FIFA Museum. “Rainbow of Shirts”

 

Legacies of Champions (FIFA Museum, en colaboración con Hyundai, Nueva York, EUA): el trofeo original de la Copa Mundial de la FIFA se expone en el FIFA Museum, presentado por Hyundai, en el Rockefeller Center de Nueva York. Pone la mirada en las selecciones vencedoras y en los momentos de gloria y desilusión que marcaron la historia de la Copa Mundial y dieron forma a su legado con el paso del tiempo. Ahora, mientras la Copa Mundial de la FIFATM se prepara para escribir otro capítulo, una nueva generación vivirá el Mundial por primera vez y añadirá sus propios recuerdos a una historia que continúa escribiéndose.
Disponible hasta el 19 de julio. Entrada gratuita.

Ver más: Legacies of Champions

Legacies of Champions: FIFA Museum. FIFA World Cup Timeline 1994

 

Soccer & Technology (FIFA Museum, Vancouver, Canadá): en colaboración con la provincia de Columbia Británica, explora la ciencia y la tecnología que acompañan al fútbol; podrás descubrir los sistemas e innovaciones que sustentan el fútbol actual, desde el terreno de juego hasta las cabinas de los comentaristas. La exposición se compone de cinco secciones principales (Radiodifusión y medios de comunicación, Datos inteligentes, Arbitraje y juego limpio, Preparación para los partidos y Laboratorio de innovación).
Disponible hasta el 7 de septiembre. Entrada con costo.

Ver más: Soccer & Technology

 

La final de la Copa Mundial de la FIFA: el escenario en el que se forjan las leyendas (FIFA Museum, Aeropuerto Internacional Billy Bishop, Toronto, Canadá): exposición fotográfica que refleja la historia de esta competición a través de fotografías de archivo del FIFA Museum de Zúrich (Suiza) y reúne casi un siglo de pasión por el fútbol y grandes logros deportivos. Las imágenes recorren finales históricas, selecciones legendarias y algunas de las figuras más emblemáticas de la competición. Todas las Copas Mundiales desde 1930 están representadas y muestran la evolución del torneo y el atractivo que ha mantenido en todo el mundo a lo largo de las décadas.
Disponible hasta el 19 de julio. Entrada libre.

Ver más: La Final de la Copa Mundial FIFA

Imagen: FIFA Museum

 

Así que ya lo sabes: si puedes, visita estas exposiciones o dale clic a los links y observa todo lo bueno que hay de arte y cultura para disfrutar de esta edición de la Copa del Mundo 2026. Y tú, ¿ya sabes quién ganará este año?

 

 

Alejandro Gómez López
Internacionalista y Gestor Cultural

El Lago De Los Cisnes

Fecha: 23 de octubre 20:30

Lugar: Auditorio CCU

Boletos: Taquillas del CCU y eticket

El Cascanueces

Fecha: 6 de diciembre 18:00 horas

Lugar: Auditorio CCU

Boletos: Taquillas del CCU y Superboletos

El poncho de Woody: una prenda con siglos de historia 

Toy Story 5
Toy Story 5 (Pixar, 2025). Tráiler oficial. Uso con fines informativos y culturales sin fines de lucro.

 

Una de las escenas icónicas en la película de Toy Story 5, fue cuando vimos reaparecer a nuestro querido vaquero Woody luciendo un poncho, como una clara referencia al “hombre sin nombre”, personaje creado por Sergio Leone e interpretado por Clint Eastwood, un pistolero errante del viejo oeste que vestía un característico poncho. Aunque históricamente el vaquero americano no utilizaba el poncho, en cambio el mexicano sí, y es que detrás de esa prenda hay una historia que va mucho más allá del cine, y que tiene raíces profundas en América Latina. 

 

De los andes al mundo 

Mujeres tejedoras en la comunidad de Ollantaytambo. Foto Nacho Meneses | Recuperado de viajes.nationalgeographic.com.es

 

El poncho no nació en el Viejo Oeste. Nació en los Andes, en las regiones habitadas más altas del mundo, entre llanuras frías combinadas con picos volcánicos, entre páramos lluviosos y espesas neblinas, entre feroces fríos patagónicos y vientos secos que barren la tierra. Entre regiones con climas tan diferentes como extremos, y hogar de los pueblos mapuches, quechuas, aimaras y cañaris. 

Los ponchos eran elaborados para proteger de los climas extremos, con técnicas que se utilizan aún hoy en día y con herramientas diseñadas hace siglos: 

  • Telar de cintura (Awana): es el más antiguo y utilizado en los Andes Centrales.  
  • Telar de cuatro estacas: permite tejer piezas más anchas y pesadas, como los grandes ponchos masculinos. 
  • La Pushka o Huso: con esta herramienta las mujeres andinas hilan en cualquier momento: mientras caminan, pastorean o conversan. 

 

Una tecnología tejida a mano 

Campesino con poncho tejido en telar | Recuperado de viajes.nationalgeographic.com.es

 

Algo increíble de los tejidos de ponchos, es que diferían según el clima de la región. Así como en la actualidad existen varios tipos de tejidos que se adaptan al estilo de vida, hace cientos de años, los pueblos andinos crearon su propia tecnología textil.  

Entonces, los artesanos primero seleccionaban el material: podía ser lana de alguna variedad de oveja, de alpaca, vicuña; fibras gruesas, mezclas densas de lana, y mezclas con algodón.  

Antes de tejer se procedía a realizar un teñido de los hilos. Cada piso ecológico de los Andes se tejía según las necesidades que generaba cada tipo de clima, y los insumos disponibles para teñir la lana también variaban. Obtenían rojos, camines y morados de la cochinilla, un pequeño insecto de las tunas y nopales; los azules y turquesas extraídos de plantas que crecen en las zonas más bajas y cálidas; amarillos y dorados se obtenían de las flores del árbol Qolle o de las hojas del arbusto Chilca, ambos nativos de los valles interandinos; para obtener verde hacían un doble teñido con un baño de color amarillo y después un baño de color azul; para obtener marrones grises y negros sólo dejaban los tejidos en el color natural de las variedades genéticas de alpacas y llamas; pero si lo que querían era un negro intenso, entonces podían utilizar las hojas y cáscara de la nuez de nogal. 

Después elegían una técnica: hilados gruesos y torsión tensa para proteger de los vientos del desierto alto, y de las bajas temperaturas nocturnas permitiendo dormir bajo la intemperie durante el pastoreo; tejidos de trama cerrada que solía frotarse con agua para que las fibras se engancharan entre sí, y que, al tejerse con lana alta en grasa natural, lograban un poncho repelente al agua; tejidos flexibles de doble faz para ponchos más ligeros; tejidos gruesos y compactos que protegían incluso del granizo. 

 

Más que abrigo: lenguaje y poder 

Entonces, había tecnología que variaba según la región y las actividades de los portadores, pero también estaban las confecciones para la realeza, para ellos se reservaban los tejidos más suaves y de alta gama, y eran los miembros de la familia real quienes usaban exclusivamente ponchos de fibra de vicuña -que, por cierto, se encuentra en peligro de extinción debido a la caza furtiva por su codiciada fibra-. Además, había patrones de diseño específicos para comunicar la jerarquía, incluso en ocasiones ceremoniales de gran importancia, los artesanos podían llegar a utilizar hilos de oro, conchas sagradas y plumas de aves exóticas. 

 

Del altiplano a la pantalla grande 

Fotograma: Por un puñado de dólares (Leone, 1964). United Artists.

 

El poncho que vemos en Woody no es un accesorio casual. Es el resultado de siglos de ingenio textil andino, de rutas comerciales que cruzaron fronteras, de vaqueros mexicanos que lo adoptaron como parte de su identidad, y de un director italiano que lo convirtió en el uniforme del antihéroe cinematográfico por excelencia. 

Una prenda que nació para proteger del granizo patagónico y de los vientos del altiplano terminó, siglos después, sobre los hombros de un juguete de plástico en una pantalla de cine. Esa es la forma silenciosa en que las culturas viajan, se transforman y vuelven a aparecer donde menos lo esperas. 

La próxima vez que veas un poncho, ya sabrás que cargas con más historia de la que parece. 

 

 

Tania Morales Pacheco
Comunicóloga, editora de contenidos.

La cultura mexicana también salió del closet: artistas LGBTQ+ que cambiaron el país

Retrato de Salvador Novo hecho por Manuel Rodríguez Lozano. Fuente: Algarabía
Retrato de Salvador Novo hecho por Manuel Rodríguez Lozano. Fuente: Algarabía

 

Hablar de artistas LGBTQ+ no es hablar solo de su identidad o de su género. Es hablar de quienes expandieron los límites de la cultura mexicana, a veces desde la poesía, el humor o la música, pero también desde la provocación y la irreverencia.

Durante los años 50, México atravesó una época donde muchas personas debían negociar constantemente entre lo público y lo privado. Salvador Novo utilizó la ironía para sobrevivir dentro del establishment cultural; mientras que Nancy Cárdenas decidió romper el silencio y convertirse en una de las primeras voces públicas del movimiento de liberación homosexual en México. ¿Cuántas obras se escribieron entre líneas porque decirlo directamente significaba perderlo todo?

Nancy Cárdenas | www.gob.mx

 

A veces una revolución ocurre sin discursos. ¿Puede una canción cambiar la forma en que un país mira a los hombres? Juan Gabriel nunca convirtió su vida privada en una bandera política, pero millones de personas encontraron en su interpretación una manera distinta de entender la masculinidad: sensible, teatral, vulnerable y profundamente popular.

Juan Gabriel en 1972 | Mezcalent

 

El arte no siempre busca que estemos de acuerdo; a veces busca que descubramos por qué algo nos incomoda. Fabián Cháirez recupera símbolos nacionales para preguntarnos quién tiene derecho a representar la masculinidad mexicana. Sus obras generan conversación precisamente porque ponen en evidencia que muchas imágenes que creemos ” naturales” también son construcciones culturales.

Fotografía: Fabian Chairez

 

Antes de que existiera el lenguaje de la diversidad, Frida Kahlo ya estaba pintando una identidad imposible de encerrar en una sola etiqueta. Frida convirtió su cuerpo, su dolor y sus afectos en parte de su obra. Décadas después sigue inspirando porque desafió múltiples expectativas al mismo tiempo: sobre el género, la discapacidad, el amor y la identidad.
Chavela Vargas interpretó rancheras escritas para hombres sin modificar sus pronombres. Durante años ese gesto pasó casi desapercibido para el gran público, pero hoy puede entenderse como una forma silenciosa de desafiar las normas de género. A veces la revolución no consiste en escribir una nueva canción, sino en cantar la de siempre, pero desde otro lugar.

Chavela Vargas y Frida Kahlo | La Nación

 

Carlos Monsiváis documentó la cultura popular, los movimientos sociales y las transformaciones urbanas. Gracias a cronistas como él entendemos que la historia también se construye desde las marchas, los espectáculos, las conversaciones y las disidencias. La memoria cultural también es una forma de justicia.

Carlos Monsivais | Reforma

 

Hablar de artistas LGBTQ+ nunca ha sido hablar solo de identidad. Es hablar de creatividad, de memoria y de resistencia. Porque cada obra que amplió nuestra manera de entender el amor, el cuerpo, el género o la libertad también amplió las posibilidades de imaginar un México más diverso. Y esa quizá sea la mayor conquista del arte: no decirnos cómo pensar, sino demostrar que siempre existen otras formas de existir.

 

Daniel Mendoza Paulino

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